lunes, 31 de agosto de 2009

Chile. 3er. día. Río Ñirehuao y Valle de la Luna

El río con la densidad de truchas comunes más alta del mundo. Esta es parte de la fama de este río. La otra parte es que comen moscas secas como, como... Comen Chernobil Ant de un tamaño que impresiona, sobre todo a los españoles, acostumbrados a imitaciones cada vez más pequeñas. El río está rodeado de pastos en los que abundan los saltamontes. Y se ve que están acostumbradas a comer bocados de esos tamaños.
Tengo que decir que tuve suerte con el caudal. Las últimas lluvias habían aumentado el agua del río, y eso me facilitó la pesca. No se me olvidará el momento en el que ato una Chernobyl y me digo "joder, como le piquen a esto". Segundo lance y veo una subida muy suave, clavo y mi primera común comesaltamontes. Pero no fue una picada explosiva, más bien tirando a discreta.
De ahí en adelante, esto se repitió más de 25 veces. Pero con anécdotas interesantes. Recuerdo cómo se me ocurrió cambiar una mosca porque el ritmo de subidas había bajado. Le faltaba alguna pata de goma y eso fue suficiente para que mi mente lo relacionara con el hecho anterior. Todo subjetivo, claro, pero así somos los pescadores. En fin, que pongo otra y... empiezan a rechazarme. Vaya faena. Miro la mosca y tengo la impresión de que tiene las patas más largas que la anterior. Se las corto y vuelven a picar. Son voraces pero no tontas, me digo.
Otro momento muy interesante y que incide en lo último que he dicho. En una curva veo un tronco sumergido y, tras él, una buena trucha. También observo que entre la trucha y el pescador hay una corriente más rápida que la que va a transportar la mosca hasta la trucha. Hago un lance con bucles para intentar evitar el dragado. Así lo hace en la mayor parte de la deriva. La trucha sube lentamente, mira la mosca, la deja pasar y se lanza a por ella. Pero en el último momento, rechaza. Acaba de dragar la Chernobyl. Lo intento otra vez, pero ya no hay quien la mueva de detrás del tronco.
Más tarde fuimos a una pequeña laguna a pescar con la larva de la libélula. Aquí el viento, que ya me había cansado en el río, me remató. Los lances tenían que ser muy precisos. Por un lado la vegetación y por otro la falta de profundidad. El único lance que entró en el sitio arrancó una picada que me puso los pelos de punta. La mayor común del día. Así que emprendimos la vuelta al lodge, que queda a 70 km de rípio. Volvemos a pasar por el precioso y bucólico valle por el que discurre un pequeño arroyo del que me quedo enamorado. Jorge me dice que por qué nos gusta tanto a los españoles ese tipo de río. Pues no lo sé.

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