jueves, 20 de agosto de 2009

Viaje a Coyhaique, Chile. Primer día.

Desde que volví de este viaje no hago más que revivirlo mentalmente. El problema es que con el paso del tiempo se va agrandando y mitificando la imagen de esas tierras y ríos. No voy a hablar de su forma de vivir de sus gentes, la belleza de los paisajes... Eso sería caer en el tópico.; todo eso se vive allí, viajando a Coyhaique.
Sólo voy a hacer un relato del viaje y lo acompañaré de algunas presentaciones hechas con las fotos que mi buen guia y mejor persona, Jorge Baeza, (al que no quiero dejar de mostrar mi agradecimiento, a él y a su familia, por el trato que me dispensó), me hizo.
La verdad es que salí desde la estación del AVE de Antequera. El trayecto hasta Madrid fue rapidísimo y sólo me sirvió para pensar todos los pasos que tenía que dar para llegar a la T4. No fue difícil, a pesar de los años que llevaba sin ir a Madrid. Llegué sin novedad al aeropuerto. Facturé la maleta, me comí unos bocatas y pasé todos los controles, con cacheo incluido. Ya sólo me quedaba esperar hasta la hora de partida del avión. Me dediqué a ver tiendas y a pasear por la inmensidad del aeropuerto, observando los distintos tipos humanos que deambulaban o dormitaban en los sillones de la terminal. No me sentía inquieto a pesar de que nunca me había subido en un avión. El bautismo no estaba mal: Madrid a Santiago de Chile de un tirón. Llegó la hora de embarcar y subimos la avión.
Ocupo mi lugar junto a la ventanilla. Coloco la mochila y me preparo para el vuelo. Me toca de compañera una señora chilena que viene de recorrer Europa. A lo largo del viaje me contará su vida y las bondades de su país. Parece sacada de alguna novela de Vargas Llosa.
Despegue. Mejor dicho: Intento de despegue. Cuando nos dirigimos a la pista el avión se detiene y el Comandante nos informa de que se ha encendido una luz que no debía encenderse. Media vuelta y a esperar a que cambien la piececita averiada. Empiezan las escenas curiosas. A mi derecha tengo a un joven nerviosísimo, que ya en el primer intento clavó la barbilla en el pecho y parecía decir: "Allá vamos, que se sea..." No hay que olvidar que el accidente de Spanair no está lejos en el tiempo.
Con casi una hora de retraso nos encaminamos de nuevo a la pista de despegue. Esta es una experiencia completamente nueva para mí. Dicen que es lo que más impresiona. Pasó, fuese y no hubo nada, que diría Cervantes. Ya estamos en el aire.
¿Luego? Dolor de piernas. Cena que no me como. Dormitar. Más dolor de piernas. Me levanto a estirarlas y le derramo un zumo en la chaqueta a un "amable" azafato de IBERIA. Turbulencias. Y todo mezclado con la curiosa cháchara de la señora sobre su madre, su viudedad, sus nietos y la moda que en Chile está tan a la primera como en Europa. Ella lo ha comprobado en París, Milán...
Me despierto y veo luces de ciudades. Estamos ya sobre el continente. Después bosques y ríos pardos serpenteado por la selva. Me digo: Por aquí transcurren las historias de Vargas Llosa. Más ríos y lagos. Campos trazados a escuadra. Y de repente...La Cordillera. Que nos pongamos los cinturones, que suele ser zona de turbulencias. Al poco ya está al otro lado de las ventanillas. Cumbres áridas con manchas de nieve. Cañones y profundos valles sin vegetación por los que parece que hay señales de ríos. Yo no busco más que ríos. Pero los buenos están 1500 kms. más al sur.
Vemos ya el trazado de las calles de Santiago. El aterrizaje. Nueva experiencia. Increiblemente suave.
Primeras inquietudes en el aeropuerto de Santiago. La maleta. Sale, la facturo y a buscar el nuevo avión. Encuentro la puerta de embarque rápido, pero gracias a uno de los que se gana la vida así. Propina al canto, pero se agradece por la rapidez.
Este avión es más pequeño pero más cómodo y el trato de la gente de LAN inmejorable. Ya se ve el personal que tiene mi mismo destino. Turistas y algún grupo de pescadores. Este trayecto me tiene en tensión, porque las vistas son preciosas, dice el Comandante.
Volamos hacia el sur. Poco a poco el paisaje se va haciendo más frondoso y verde. Ya se ven ríos y lagos, cada vez más lagos y más grandes. Y volcanes: uno, otro, otro; y qué lagos; y vaya pedazo de río. Llegamos a Puerto Mont. Breve escala y ya vamos hacia Balmaceda. Pero el cielo se cubre de nubes y ya no veré nada hasta el momento en que descendemos para el aterrizaje. Y lo que veo no me gusta nada: Unos ríos turbios serpentenando por la estepa.
En el aeropuerto otra vez la intriga. ¿Y la maleta?... Al fin llega, uff. También llega y me saluda efusivamente el que será mi guía, Jorge Baeza. Me traslada al Lodge. Conozco a su familia, esposa e hija. Me pregunta que si quiero pescar hasta que anochezca, que el río está a 200 metros. Dicho y hecho. Me lleva y al poco me deja para preparar la cena.
Empiezo a pescar mientras pienso lo fácil que es estar a 13000 kms de tu casa sacando truchas desde el primer lance. Pienso: "Qué lejos estoy pero no me siento extraño. Estoy como pescando en el Guadiaro". Pasan los obreros de una carretera y me saludan, les contesto. Me vuelvo al lodge con más de 20 truchas comunes, y algunas locomotoras arcoiris.
En el lodge le pregunto por los ríos turbios y Jorge me dice que no hay problemas. Hay muchos ríos. Además, las lluvias reavivan la vida de los ríos que estaban más bajos de nivel. Y así será, como pude comprobar en el Ñirehuao y en el Emperador Guillermo días después.

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