viernes, 19 de agosto de 2011

21 de julio. Día 2.

Nos levantamos muy temprano (algo que se repetirá a lo largo del viaje) y nos dirigimos al corazón del P.N. Yellowstone, al rincón noreste, la zona más salvaje, "country bear". Por ahí discurre el Lamar, afluente del Yellowstone, y dos afamados subafluentes, el Soda Butte Creek y el Slough Creek. La información que tenemos es que el único pescable (aunque nos dicen que va alto) es el Slough Creek. Este río es famoso por la pesca con moscas secas de gran tamaño (tanto Greens Drakes y Greys Drakes como saltamontes imitados con foam o con las bonitas Stimulator) de sus grandes cutthroats. El río se divide en los llamados "meadows". En concreto hay cuatro: el de abajo, el primero, el segundo y el tercero. Dicen que la pesca es similar en cuanto a tamaño y cantidad; la diferencia está en la presión de pesca. El "lower meadow" se alcanza a ver desde el aparcamiento. En cambio al "first meadow" ya hay que echarle una caminata de casi una hora. Y tres horas al segundo.
Nos decantamos por el primero. Nos echamos a la espalda todo lo que necesitamos (o eso creemos, pues yo me olvido de la sacadera, ¿cómo no?) y empezamos la caminata por un sendero muy bien marcado. Vemos bastantes senderistas y pescadores que siguen la  misma ruta. Todos llevan el spray de pimienta contra los osos. Nosotros también. En la dura subida inicial adelantamos a un guía con dos clientes, que nos cuenta que se dirigen al "second meadow" y nos dice que se encuentra a 3 horas de caminata. Parece que quiere estar sólo allá arriba. Una vez se alcanza la cima del camino, el descenso te conduce rápidamente al tramo deseado, que aparece como una estampa bellísima, increíble: el río serpenteando entre los jugosos prados verdes, las colinas circundantes cubiertas de abetos oscuros y, de telón de fondo, las moles grises coronadas de nieve de las cordilleras más altas y alejadas. Como dicen los libros americanos, la pesca puede llegar a convertirse en algo secundario en lugares así. Pero yo no me lo creo del todo. Estoy ansioso por ver las subidas de estas truchas a los bicharracos que lancemos.
Caminando se hace camino





No empezó bien la pesca. Como el río no iba transparente, tuvimos que pescar al agua y posteriormente sobre cebadas más o menos esporádicas. Eso sí: cebada que veías, trucha que clavabas. De hecho estuvimos tanteando hasta que se dieron las primeras picadas. En  mi caso me subieron a una Adams grandota. Las primeras eran pequeñas. Pero se notaba que mejoraba la acción con el transcurrir de la mañana y con la eclosión de efémeras que, según me dijo un  pescador, eran Green o Greys Drakes. Luego vendrían las grandes.
El sistema era fácil: lanzar la mosca a los "undercuts", orillas más profundas socavadas donde se refugiaban las truchas. De hecho llegué a sacar una trucha que sólo pude oír cómo se cebaba debajo de mis pies. Retrocedí unos pasos para tener mejor visión. Hice un lance lo más ajustado que pude a la orilla y por encima de donde oi la trucha: picada inmediata.


Pequeña

Mediana

La gorda
Otro par de gordas de Antonio


Una vez que saqué esa grandota, unas 20 pulgadas, más o menos, como las llaman allí, me relajé. Así que entre la tensión de sacarla sin sacadera (es horroroso sentir la potencia de un pez así,  verlo en mitad de la corriente mostrando su panza  y flancos anaranjados y darte cuenta de que no llevas sacadera: me metí en el río y la tuve que abrazar tras acercarla tres veces con la caña del 6), la relajación posterior (léase temblor de rodillas) y el viento que se hacía cada vez más molesto, me volví a buscar a Antonio a contarle la hazaña. Él se había "hinchao": un montón de normalicas, varias grandotas y un bicharraco que se le fue.
Así que, satisfechos, decidimos volver. Nos quedaba otra buena caminata y con menos fuerzas que al principio. En el camino le comento a Antonio que me he encontrado con tres pescadores franceses que me preguntaron por León y Asturias. Que casi hago de guía a una joven pareja americana que, cuando les digo que apenas hablo inglés, descubren que soy español y me preguntan de dónde soy. Ellos conocían Andalucía. Les indico lo que sé del lago por el que me preguntan y se despiden. Comentamos lo amable que es esta gente y cómo algunas familias americanas que encontramos hablaban en español a los niños y en inglés entre el matrimonio. Llegamos temprano a Gardiner admirados del afán de aprender de los americanos y del poco inglés que sabemos  nosostros. Lo suficiente para no encontrar cerrados los bares, que cierran muy temprano: a las 9 de la noche lo normal es no encontrar nada abierto. Nos fuimos a cenar al K Bar, donde un "incidente lingüístico" nos hizo beber el doble de cerveza.

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